La verdad que en los dos últimos días me he quedado dormido y he llegado tarde al trabajo, con todo lo que ello implica. No sólo no he podido hacer mi ratito de ejercicio antes de desayunar, ni siquiera desayunar en casa... sino que también he ido a la oficina sin afeitar. Y siendo hoy miércoles, no lo he hecho desde el pasado sábado, así que ya voy teniendo un careto que cada vez es más de mendigo y menos propio para trabajar en una oficina. Que sí, que vale, que en las oficinas también hay gente con barba, bigote, perilla, patillas, o lo que quieran, pero al menos se las arreglan. Lo mío es un estado salvaje (del caribe) que no es para nada elegante.
Y estando hoy así, teniendo que rascarme la barba de la papada porque ya va picando... me acuerdo de que hace años mi padre me echaba la bronca si un día aparecía sin afeitar, porque decía que los hombres tienen que afeitarse a diario, porque si no, van hechos unos guarros. Y al parecer no sólo era mi padre. Un amigo me dijo exactamente lo mismo del suyo, y ni se conocen ni viven cerca. Así que parece ser que es una cuestión... no sé si de una época en la que les educaban así, o más bien de gustos personales. El caso es que últimamente me pasa mucho, que cada vez me abandono más y dejo de ir hecho un pincel y menos arreglado, y a mi amigo igual, y cada vez veo a más hombres así. Supongo que los gustos cambian.
Y en fin, moraleja no tiene esta historia, simplemente es un pensamiento fugaz que como vino se fue.
Por cierto, esta noche sin falta me paso la maquinilla, no sea que mañana vuelva a quedarme dormido (que viendo el ritmo de verano que llevo es lo más probable).
Siempre han estado ahí y parece que van a seguir estando durante mucho tiempo. Aquellos que somos de pueblo (dicho así con todas las letras y con orgullo), hemos vivido las ferias de nuestro pueblo desde que éramos pequeños. Y no, no tienen nada que ver con las ferias de ciudades grandes, donde, sinceramente y con perdón, no se entiende lo que es una feria en condiciones. Cuando nuestros padres nos llevaban a los cacharritos, y nos montábamos en los caballitos, los trenecitos con formas de lo más variopinto, los coches de choque; entonces no se llevaba aquello de los castillos hinchables, que parece ser hoy lo más socorrido. Luego pasarse por los puestos donde vendían turrón (¿de verdad es buena idea comer turrón en pleno verano?), fruta escarchada (ídem), y un juego de escopeta de plástico y estrella de sheriff, que nos compraban a precio de oro a regañadientes para no aguantar un ataque de gritos y lloros en medio de la multitud.
Y después, irse a comer al paseo del pueblo un heladito o una granizada. Y acercarse a la plaza del pueblo a bailar con la orquesta que tocaba la Lambada o la Sopa de caracol, o alguna de estas canciones que se ponían de moda en verano y que a los dos días uno ya aborrecía, pero que en cuanto sonaban te tirabas a la pista a hacer el tonto. Y salir por la noche arreglado como si fueras a una boda con camisa, pantalón de pinzas y mocasines. Y ver a tu madre con los labios pintados y pensar que por qué no se pintaba todos los días con lo guapa que estaba. Y luego volver a casa sin sueño "porque es tarde" y desde tu cama seguir escuchando la música de la verbena y del Canguro, y pensar que cuando seas mayor vas a estar hasta las 8 de la mañana y vas a ver la vaquilla, y saber que la música de la verbena terminó a las 4:10 y que tu hermana volvió a casa a las 7 y se fue directa al frigorífico antes de irse a acostar.
Y así más o menos eran las ferias de mi pueblo, y de la mayoría de los pueblos, y de las que hemos vivido la gente de mi edad, de mayor y de menor edad, y que con algunos cambios seguirán viviendo nuevas generaciones de niños en todos los pueblos. Y que siempre seguiremos recordando con cariño y diciendo: ya la feria no es como antes. Y a menos que vuestros abuelos sean de pueblo, los de ciudad no habrán disfrutado de esta experiencia única, personal e intransferible.
He dejado un poco abandonado este blog porque en la última semana tomé unas pequeñas vacaciones, y he desconectado de todo, incluso de escribir. Pero como no mal que cien años dure (y en contraposición, tampoco vacaciones que no se acaben), he vuelto. Sin energías renovadas, pero he vuelto.
Y digo sin energías porque la semana pasada he hecho un viaje que tendría que haber sido relax, pero al final se ha convertido en un viaje donde he vuelto cansado pero satisfecho. Lisboa es una ciudad donde hay tanto por ver, tanto por hacer, que es imposible estar tumbado en la cama de la habitación mirando la tele. Es mágica. Bulle de actividad y de vida. Una vida tranquila y relajada, eso sí. Es un gusto, y así lo aproveché, el pasear por las calles de Baixa y por la Praça do Comércio, probar los Pastéis de Bacalhau que venden en la Rua Augusta 106, y sentarse a la orilla del río a contemplar la puesta del sol, donde siempre hay unas vistas espectaculares y se respira un Portugal puro y auténtico.
En este viaje, la comida ha sido uno de los mayores placeres que he tenido, con una gastronomía rica si consigues salir de la ruta turística y de las calles más concurridas por extranjeros. La gastronomía de Portugal es variada y toma sabores del mar y de la tierra en una combinación perfecta, que hay que aprovechar. Si no te gusta el pescado, sin duda aquí es necesario probarlo, ya que está presente en muchos platos, especialmente en los más ricos. El mejor que he probado: Madeira Pura, en la Rua Terreiro do Trigo 72; y si pilláis un día de buena temperatura, la Frangasqueria Nacional, en la Rua da Imprensa Nacional 117.
Lo mejor es ir sin coche (que ha sido mi auténtica pesadilla y motivo de cansancio en este viaje), pues el tráfico de Lisboa y el aparcamiento se convierten en un estrés cada vez que tienes que hacer uso de él (o incluso sin usarlo por la limitación absurda de 4 horas de aparcamiento en la calle, que te impide alejarte con alegría del coche). Lo mejor es ir sin coche o aparcarlo en las afueras, y hacer uso de la extensa red de transportes públicos que te llevan a cualquier parte de Lisboa. Incluso acercarse a Sintra, otra joya de Portugal con sus palacios imposibles, merece la pena hacerlo en tren.
Y no sólo hay que recorrer sus calles y cuestas, que es donde está el encanto de esta ciudad, sino también en los palacios y museos que posee, y en la rica cultura que ha ido acumulando en los siglos de historia que han ido dejando huella. Ya son varios viajes que he hecho, y sin duda volveré mientras pueda.
Y como no puedo acabar sin poner música, aquí una canción dedicada a Lisboa:
Pues resulta que la semana que viene cojo vacaciones. Y resulta que por aquellas cosas de planificación, nos vamos a Lisboa. Y que también por cosas de la vida este año me apetece menos coger el coche. Y que por gustos personales me apetece ir en tren, que me resulta más cómodo que el autobús. Y ahora mi delito: vivir en Extremadura.
Vivo en Valencia de Alcántara, a tan sólo 12 km de la frontera portuguesa, en una ruta en la que hasta hace poco tiempo pasaba un tren que unía Madrid y Lisboa, y que por cuestiones políticas y de rentabilidad dejó de existir tal conexión. Ahora para ir de Madrid a Lisboa el tren viaja por Salamanca. Y por cosas rocambolescas de la vida, resulta que no existe ningún tren que una Extremadura con Portugal. Tal cual lo cuento. La comunidad autónoma que más cerca está de Lisboa. Que tiene un tercio de su frontera exterior con Portugal. Pues no, las únicas vías de comunicación son el autobús y el coche particular.
¿Y si quiero ir en tren? Pues tengo que viajar desde mi pueblo hasta Salamanca (distancia 289 km), que puedo hacer por carretera en coche o, si deseo ir en tren desde mi pueblo, debo ir primero hasta Madrid (distancia aprox. 400 km). Todo muy lógico viviendo en una población que está a tan sólo 254 km. de Lisboa. Y ahora que vengan a hacerme una campaña de uso del transporte público. O que vengan a decirme que los diésel contaminan mucho. Políticos españoles: idos a la mierda.
Parece que con el estío se produce un parón en general de todo tipo de noticias, sucesos, y eventos. Y no es que la vida no siga su curso y se produzcan hechos noticiables. Más bien parece que las redacciones y las agencias de noticias están vacías de recursos humanos durante buena parte del verano, unido al hecho de que la actividad política se encuentra casi paralizada, lo que anima aún menos el poder dar noticias de calado, al menos en la mayoría de medios de comunicación españoles, en los que parece que la actualidad se divide en dos únicos bloques: política y deportes.
Pero esto no es más que una ilusión, pues llega septiembre, llegan los redactores a ocupar sus puestos y se acaban las suplencias de los becarios. Y empieza de nuevo la vida. Sólo que este año además vienen unas elecciones generales, que si todo es como debe de ser, serán moviditas. Porque, y personalmente espero que sea así, han entrado en el arco parlamentario dos partidos que quieren su trocito del pastel, y pueden venir a poner las cosas un poco más complicadas de lo que solían ser. Tenemos una política nacional bastante aburrida, así que un poquito de movimiento y de dificultar el aposentamiento de culos en sus sillones no vendría nada mal.
Pero al final, y como todo, terminaremos hartos de la política y de los políticos. Y hartos de tanta noticia coñazo, de tanto bombardeo constante con nuevas informaciones (que seguramente nos interesen poco). Porque como ya he dicho, parece que en este país todo está politizado, y no existan intereses noticiables más allá. En fin, preparémonos para la tormenta.
Me acuesto y me levanto con una noticia de esas que era imposible pensar que pudieran pasar en este país. Resulta que ahora uno podrá lograr la mayoría absoluta con un 35% de los votos. Sí. Un 35%. Así. Aquellos que se dicen demócratas, aquellos que se han jactado hasta la eternidad en decir que respetan por encima la Constitución y los derechos constitucionales, ahora cambian leyes para un beneficio puntual, que ni siquiera les da una ventaja excepcional, y que en algunos caso les dará ventaja a aquellos que han declarado enemigos acérrimos: los nacionalistas y separatistas. De verdad que no puedo comprender los asaltos a la democracia que se están produciendo en estos últimos 4 años. El problema surge de no aceptar el resultado de las urnas. De no querer comprender que el partido que más votos obtuvo no es el preferido por la mayoría de los votantes. De no comprender que una mayoría simple no es mayoría absoluta. Y de no saber que la democracia consiste en acercar posturas con otros partidos para llegar a acuerdos. La democracia, para ellos (y no especifico el ellos porque si ya no lo has comprendido, es posible que no comprendas mi cabreo), consiste en que te voten y ganar o perder (como si esto fuera una carrera). Y si ganas, imponer tus ideas por encima de las de los demás, sin importar que se excluya a buena parte de la sociedad.
Unas elecciones no son una carrera, y no se ganan ni pierden, sino que se obtiene una representación con la que poder exponer unas ideas con las que gobernar. No se trata de imponer, se trata de gobernar para la ciudadanía. Pero cuando poco se tiene en cuenta a los ciudadanos, no se puede pedir que se gobierne para ellos, para nosotros. De seguir este ejemplo, tendríamos una sociedad en la que se sería normal promover profundas injusticias sociales hacia las minorías: se podría expulsar a colectivos del país (gitanos, extranjeros, sin techo), o se podrían aprobar leyes para discriminar directamente a colectivos (prohibir la entrada o determinados derechos a gays y lesbianas, discapacitados, ancianos...).
Sólo espero que este país despierte, y que, gane quien gane y tenga las ideas que tenga, pese sobre todo el sentido de la democracia, y sea un valor que esté por encima de todos.
¿Nunca te ha pasado que vas a la otra punta del mundo y te encuentras a un conocido? ¿O que descubres que un amigo conoce a aquella persona que conociste en un campamento de verano a 1000 km de donde vives? A veces uno tiene la sensación de que el mundo es un pañuelo, y de que todos conformamos una red de amistades y conocidos en las que por casualidades de la vida, tenemos más interrelaciones de las que pensamos. Esas interrelaciones, supongo, generalmente no las sabemos, ya que no vamos averiguando o preguntando por cada una de las personas que conocimos a lo largo de nuestra vida (o al menos no es mi caso). Pero sí que de vez en cuando nos sorprenden en estos giros tan de película que ni en las películas se dan: descubrir, por ejemplo, que el ligue de carnavales de un amigo fue hace 7 años tu compañera de estudios en un viaje a Manchester; descubrir un día con tu pareja que tuvisteis el mismo amante por la misma época; descubrir que un amigo estudia en una universidad muy lejana con alguien de tu mismo pueblo y que te conoce desde chico; que ese Vinestar que sigues de repente ha hecho un Vine en tu propio pueblo y que veranea en él. Son casualidades que me han ocurrido. Y en el momento en que te enteras, te sorprenden y te quedas en shock, y los que tienen cierta tendencia al conspiracionismo empiezan a buscarle explicaciones retorcidas, cuando el puro azar es mucho más retorcido que cualquier conspiración.
De estas casualidades, sólo queda el disfrutarlas y reírnos cuando nos surjan, y pensar que no estamos tan solos en este mundo cuando tenemos tantas cosas nos unen a personas que en algún momento de nuestras vidas se cruzaron en nuestro camino.
Hace tiempo que leí vi algo que he ido asumiendo poco a poco como mío. Realmente no sé si lo vi, lo leí o lo oí, pero venía a ser una reflexión sobre la relatividad del tiempo.
A lo que hacía referencia es a la percepción que solemos tener las personas según van avanzando los años de que el tiempo pasa cada vez más deprisa. Este psicólogo, o psicóloga, hablaba de que la percepción del tiempo es meramente una cuestión mental, y que el tiempo parece correr más rápido cuando hacemos tareas rutinarias. Por eso, cada vez el tiempo va pasando más deprisa: según vamos avanzando en edad, nuestra vida se tiende a hacer más monótona, cada vez asumimos como obligación más rutinas, y tenemos menos tiempo para hacer nuevas actividades, o para simplemente hacer lo que más nos gusta sin mirar el reloj.
Exponía que si nos dedicáramos a aprender y hacer actividades diferentes y nuevas como hacen los niños, tendríamos una percepción del tiempo como la que tienen ellos: el día es muy largo y la semana da mucho de sí. Por eso, proponía que de vez en cuando saliéramos de la rutina. Cosas simples que activan al cerebro y lo obligan a activarse: ducharse a oscuras, abotonarse la camisa mirando al espejo en vez de directamente, caminar dando un rodeo por una zona que no conocemos y pararse a observar el paisaje urbano, o simplemente emprender nuevas aficiones que requieran habilidades que usamos poco.
Y digo que he ido poco a poco asumiendo esto porque he ido probando esta teoría poco a poco a raíz de que algunos fines de semana he salido los viernes por la tarde-noche. Sí, así de simple. Normalmente el fin de semana me apoltrono en casa, y como mucho salgo a cenar con los amigos, o simplemente no hago nada especial. Pero un par de viernes me surgieron planes, salí, me divertí, me reí con los amigos, me quedé a dormir fuera de casa y al día siguiente, y me ayudó a romper por completo con la rutina. El resultado: el fin de semana se me hizo muy largo, y parecían unas minivacaciones (en comparación con lo habitual, que es llegar el domingo por la noche y pensar "qué rápido ha pasado el fin de semana que ni me he enterado").
A partir de entonces, de vez en cuando, dedico un fin de semana a salir, a divertirme, a volver a hacer lo que me gusta, y simplemente disfrutar como cuando era joven. Y ¡oh, sorpresa! ¡Estoy disfrutando del verano! Y sobre todo no tengo la percepción de que el tiempo vuele, sino que el tiempo da mucho de sí. Incluso aunque sólo rompa rutinas en momentos puntuales. Es disfrutar un poco de la vida. Y quiero seguir experimentando con ello.
Moraleja: no hace falta vivir más años, si los que vivimos, los vivimos con intensidad y disfrutándolos.
Últimamente han pasado montón de cosas en la Unión Europea de las que no he venido a hablar, en parte porque creo que no he reflexionado bien sobre ellas, en consecuencia porque no he querido pensar sobre algo que me empieza a preocupar seriamente. Creo que un poco todos los librepensantes y los progresistas (pero los progresistas de verdad, no progresistas de despacho y puro) teníamos la esperanza puesta en el gobierno griego y en su pulso a la Unión Europea en contra de unas políticas económicas opresivas y deshumanizadas. Poco a poco hemos ido viendo, o mejor dicho, teniendo la sensación, de que una mayoría de países se regían por la única guía de la economía, olvidando por completo que la principal preocupación debería ser el bienestar de los ciudadanos europeos, y no han tenido reparo en chantajear, en poner trabas y zancadillas, a una forma diferente de política, más centrada en el sufrimiento como individuos. Instituciones y gobernantes han puesto por encima el rédito político de su propia ideología para, desde instituciones que se suponen meramente técnicas, intentar tumbar un gobierno demasiado de izquierdas para ellos. Uno tiene la sensación de que no se ha intentado hacer sobrevivir el Euro, sino que se ha intentado por todos los medios influir para destruir un gobierno que resulta incómodo, para en cada propio país cortar los giros políticos y los movimientos sociales que están surgiendo como pequeños grupos molestos al poder establecido.
Los que hemos creído durante muchos años en las bondades de una unión real entre todos los estados europeos vemos con incredulidad y preocupación estos movimientos que lo único que hacen es intentar establecer una especie de colonialismo en la sombra entre los estados fuertes y los pequeños estados de la Unión Europea. Y a los ciudadanos, hacerlos sentir en una cárcel, que eso sí, es inmensa, pero en la que nuestra voluntad está por debajo de las necesidades de la economía y de los bancos, de los grupos de poder que copan las instituciones, especialmente el FMI. Sentirnos ninguneados, y ver que la voluntad conjunta de todo un país es ignorada bajo el chantaje y la opresión. Como individuos, nos hace sentir pequeños, y nos hace pensar si no sería mejor vivir en un estado individual en el que cada sector tenga su propio peso, más que estar incluidos dentro de una unión que es simplemente económica y monetaria, y para nada tiene en cuenta a las personas ni las libertades del individuo.
Creo sinceramente que a muchos nos ha abierto los ojos, y que se están poniendo los cimientos para deshacer una Unión Europea inútil, en la que el Parlamento Europeo, que es el que realmente votamos los ciudadanos, no tiene papel alguno frente a órganos actuantes pero inexistentes sobre el papel, que son los que realmente ostentan el poder europeo, y que no han sido elegidos por nadie. Una pena, sinceramente, con un proyecto tan hermoso como el que era, y que se haya convertido en esta basura que es ahora.