Pues hoy no iba a haber entrada en el blog, pero me ha pasado una situación que aún me tiene perplejo:
Quince minutos atendiendo a una persona al teléfono, explicándole sucesivas dudas con respecto al funcionamiento de las ofertas de empleo (aclaro, soy técnico en una oficina de empleo), y finalmente me protesta de forma muy airada que por qué la llamamos tanto a trabajar, que no lo entiende; que es que no puede ser que haya salido hace poco de trabajar y ya la estemos llamando de nuevo para trabajar en el ayuntamiento, y que así no hay manera de que junte el año de antigüedad en el paro para poder cobrar una renta de inserción.
Y claro, yo intentando razonar que el problema sería que NO la llamásemos, que no entiendo por qué es un problema que le ofrezcamos un puesto de trabajo, y ella erre que erre en que estábamos haciendo algo mal, porque eso no era normal, que no podía ser, y que qué podía hacer para no salir en ofertas de empleo y cobrar tranquilamente su paro.
En este punto, decir que no es la primera vez que me pasa. De hecho, es bastante habitual que nos planteen cada mes un par de personas la cuestión de que no quieren ir a trabajar. De hecho, en mi oficina —que es bastante pequeña— tenemos unas 15-20 sanciones al año de personas que no se presentan a una oferta de empleo o la rechazan directamente (en ocasiones incluso perdiendo de uno a tres meses de prestación o subsidio). Pero lo que me ha dejado perplejo esta vez ha sido el desparpajo y el enfado que tenía la señora por tener un empleo. Aún estoy alucinando.
Una de las máximas más incontestables es que el sol vuelve a salir cada día. No importa lo que hagas, lo que suceda en el mundo, las nubes que haya delante o incluso si hay un eclipse. El sol día tras día vuelve a salir.
Bueno, siempre estará el listillo que hable de los movimientos astrales, la creación y destrucción de soles y galaxias e incluso de posibles catástrofes astronómicas. Pero salvando que ni yo ni parientes cercanos estaremos presentes en la extinción solar, creo que podemos hacer un ejercicio de concentración en los milenios que el ser humano camina sobre el planeta.
Y es que ha habido hitos importantes en nuestra historia, guerras, personajes relevantes, figuras históricas, reyes y emperadores que se creían más poderosos que la propia naturaleza. Y a pesar de todo, el tiempo ha pasado sobre ellos, y el sol sigue saliendo como cada día, sin importar lo que hayan hecho. Dicho así, parece que voy a lanzar un mensaje pesimista; pero es todo lo contrario.
El hecho es que a pesar de nuestros problemas, de lo insalvable que nos pueda parecer una situación, de que parezca que el mundo se acaba y no llega el día siguiente, que no veamos la solución a algo, en definitiva, que algo es lo más importante del mundo, a pesar de todo eso, el sol volverá a salir al día siguiente, volverá a brillar con la misma fuerza irradiando su luz y su calor en todas direcciones. Y aunque se oculte tras nubes oscuras, sigue brillando, y estará ahí cuando las nubes pasen. Día tras días. Sin importar lo difícil que veamos nuestros problemas.
Supongo que todos pasamos por épocas en las que nos cuesta sacar nuestras energías y ánimos para hacer cosas. Queremos y no llegamos, y nos pasamos el día pensando en todo aquello que queremos hacer y parece que más que dirigir el timón, sobrevivimos al temporal. Y van pasando los días, y vemos tareas que se van acumulando poco a poco, llamadas que se postergan, y llegado fin de semana sólo vemos horas para poder dormir y descansar, pues para poco más dará.
Y así va pasando una semana y otra, hasta que un día nos levantamos, vemos el sol brillar, la temperatura nos parece óptima y no nos duele nada en el cuerpo, y además tenemos ganas de colocar, limpiar, abrir la ventana y que entre aire limpio.
Son esos días los que hay que aprovechar para hacer cosas, porque en mi caso, son pocos días al año esos que brillan con luz propia. Lo normal es que me encuentre en ese semi-estado de letargo y se vayan acumulando cosas.
Estos días estoy un poco así, por un medio resfriado o medio gripe, vaya usted a saber qué, que me tiene bajito de energías y de ánimos, y sólo me da para estar en el sofá viendo la tele (programas de mierda, para más inri), y expulsando virus en forma de mucosidad.
Y ya que los llevo por millones a todas partes conmigo, aparte de no sentirme solo, podrían ayudarme con la lavadora y la plancha...
PD: Últimamente cuando llego a un sitio saludo diciendo «ya hemos llegado, yo y todos mis virus». Así me siento menos solo.
Cuando una noticia viene repitiéndose en el tiempo, o al menos una serie de noticias similares, parece que se empieza a producir un hartazgo generalizado. Primero parece que uno empieza a comentar que «otra vez lo mismo». Después viene la insensibilización. Esto lo he podido comprobar desde que era pequeño, con aquellas campañas contra el hambre en África, en las que las imágenes de desnutrición infantil se repetían una y otra vez en las horas en las que estábamos comiendo. Primero nos quejábamos de que otra vez ponían esas imágenes que te removían por dentro y te quitaban el hambre. Con el paso del tiempo podías seguir comiendo tranquilamente mientras veías las hambrunas impávidamente.
Al pasar de los años he seguido viendo lo mismo. Y como siempre se ve mejor desde fuera que desde dentro, lo he ido percibiendo con más claridad con mi padre, cuando empieza comentando —¿Otra vez lo mismo? ¡Qué pesados!— mientras alarga la mano para cambiar de canal (cosa infructuosa, puesto que en todos los canales las noticias son las mismas).
Supongo que es un poco como cuando usas una colonia, que el primer día nos huele fenomenal y nos inunda; al cabo del tiempo ni siquiera nos damos cuenta de que la llevamos puesta, ya no nos huele.
Y todo esto viene a que siguen cada día saliendo noticias de corruptos y corruptibles, tramas para llevarse el dinero público y privado, y nosotros ya las miramos con indiferencia, después del hartazgo. Se han normalizado como algo normal, del día a día. De hecho, hasta existen blogs en los que nos van explicando «el corrupto del día» o van haciendo porras sobre «el primer caso de corrupción del año». Todo como una broma lo que debería ser una tragedia.
Mientras, algunos se aprovechan de esa normalización de la sinvergonzonería.
Ayer escuchaba en televisión a un señor que entrevistaban por la calle, y que se preguntaba ante el reportero si la «cuesta de enero» sería hacia arriba o hacia abajo. Y lo que pueda parecer una chorrada, me hizo pensar bastante, pues me parece una reflexión muy profunda y de calado. En serio.
Porque a ver, uno empieza a pensar que la temida cuesta es hacia arriba, por aquello de que el mes se hace largo y tedioso, que hay que apretarse el cinturón (y no sólo para compensar los gastos navideños, sino porque el cinturón aprieta más después de tanta comida extra hipercalórica), que hay que esforzarse por retomar la rutina, bajar los kilos de más (consecuencia de los excesos que ya he dicho), y un largo etcétera de esfuerzos que hay que realizar.
Pero por otro lado, ¿y si es hacia abajo? Por aquello de que el año empieza a acelerarse, y cada vez va más y más rápido y se nos pasa volando (claro, se nos pasa volando a la gente de una cierta edad, a los jóvenes se les hace eterno). Y también porque uno empieza el año de una manera, pero al final quieres tomar un camino y no puedes porque una cosa lleva a la otra, y ves cómo siempre acabas de la misma manera el año (esto es, chocándote con el muro al final de la cuesta por no haber hecho ni la mitad de las cosas que te habías propuesto).
En fin, como quiera que sea, yo intentaré tomármelo con calma, echar el freno y relajarme y disfrutar del viaje, sea hacia arriba (en cuyo caso iré pasito a pasito y sin estresarme) o hacia abajo (en cuyo caso, iré poniendo un pie detrás de otro para no resbalar).
¡Por fin es 30 de diciembre! Me queda media hora de trabajo y no vuelvo hasta el día 9. ¡Hala a la mierda todo! ¡Qué ganas tenía de irme ya por fin y poder descansar y dedicarme a mis asuntos! De momento esta tarde me voy de compras y pendoneo, que ya falta me hace, que pronto me van a tomar por un asocial a base de no hacer nada de lo que hacen las personas normales. Y por normales me refiero a... bueno, a lo que hay, tampoco vamos a pensar ahora sobre la normalidad.
Bueno, que me lío, que ¡por fin! vacaciones. Y como es hora de mover el culillo, ahí va una canción que para mi es la triunfadora de 2016, ni canción del verano ni pollas en vinagre. CHICFY.
Nada, la frasecita simplemente me recuerda a cuando era chico, una de las coñas que tenía con una de mis hermanas. Y es que llevo tiempo queriendo actualizar un poco mi blog, pero como me pasa siempre, hay veces que lo cojo con muchas ganas y quiero escribir y escribir, y otras veces que o bien no tengo ideas o bien no tengo tiempo. Y últimamente he tenido un poco de cada.
Me pongo en situación: mes de noviembre, empezamos a acelerar los ensayos para la obra de teatro que se estrenaba el 3 de diciembre dentro del festival de teatro. Poco a poco las tardes propias se van haciendo más cortas para ir dando paso a ensayos un poquito más largos e intensos. Al mismo tiempo, empezamos a ensayar un poquito más y nuevas canciones para la escuela de música, que el 17 y 20 de diciembre tenemos actuaciones de Navidad. Total, que cada vez menos tiempo por casa, y ya los últimos días faltando a un ensayo para poder ir a otro, escapándome de uno para bajar (o subir) una planta y entrar al otro, en fin, un sin Dios.
Poco a poco, las tardes se convirtieron en salir del trabajo, correr para comer en media hora gracias a la ayuda de mi madre, y salir de casa para no volver hasta las 10 o más. Un día y otro. Y claro, el cansancio se va acumulando, y llega un momento en que lo único que uno desea es que llegue el día 24 para estar tranquilo, a pesar del ruido, de las compras, de lo que sea, todo era más tranquilo. Las tardes de repente se han convertido en tiempo en el que poder salir, comprar, preparar ropa, comida, ¡JUGAR AL ORDENADOR! Ni yo me lo creo.
Ahora, pasados los días de "descanso" de diciembre, retomo la actividad en enero, gracias a mis vacaciones laborales, para preparar clases, materias, inglés, portugués, piano y todo lo que uno ha mandado bien al rincón durante estos últimos días de ocio.
Hay días y semanas en las que nos dejamos superar por los problemas. No digo yo que siempre sean nimiedades que van a más por nuestras obsesiones y por dejarnos llevar en nuestros pensamientos. Pero la mayoría de las veces no son más que eso, pequeños problemas, decisiones a tomar, que se tornan más y más grandes a base de irle dando vueltas en nuestra cabeza.
A mi me pasa infinidad de veces. Simplemente, por poner un ejemplo, con tener que planificar una salida de viernes y que haya incompatibilidad de horarios, ya me pongo en guardia y empiezo a preocuparme más de la cuenta, en algo que es simplemente un cuadrar cuentas para diversión. Otras veces nos preocupamos por no encontrar la ropa adecuada, por organizar un evento, por una molestia sin más importancia que el que se acrecenta a base de preocuparnos de ella. Todo esto empieza a relativizarse cuando vienen problemas mayores, o cuando, sobre todo, sentimos de verdad lo que es una preocupación, cuando muere alguien tan querido que sentimos una piedra en el corazón, cuando pasan los meses sin encontrar trabajo y hay que hacer más que malabarismos para llegar a fin de mes, cuando una enfermedad grave entra en nuestra casa, cosas que realmente suponen preocupaciones y grandes dificultades difíciles de superar.
Es entonces cuando el resto de preocupaciones empiezan a relativizarse y vemos con la suficiente perspectiva como para darnos cuenta que nuestras preocupaciones diarias no tienen la mayor importancia que el ponerse manos a la obra para solucionarlas; porque no sólo son solucionables, sino muchas veces ni siquiera eran un problema. En comparación, uno se da cuenta de que no son nada. Es lo mismo que les pasa a la gente que no tiene aficiones ni vida propia, que cualquier cotilleo, una mirada, una palabra, son analizadas con tal detalle que empiezan a cobrar importancia. Supongo que todo es cuestión de perspectiva, de alejarse lo suficiente para darse cuenta de su dimensión.
Y todo esto viene a pensar de que a pesar de lo grandes que puedan parecernos nuestros problemas, a pesar de lo insalvables que puedan parecernos, la vida va a continuar, no merece la pena preocuparse de lo que no tiene importancia.
A veces, parece que la gente tiene la piel tan sensible como la de una mariposa. Me explico. No digo yo que haya que permitir la cantidad de burradas que se podían decir hace 10, 20 o 50 años, en las que podías reírte de personas con discapacidad, violencia doméstica, condiciones sexuales, y un largo etcétera de todo aquello que pudiera salirse de la norma. Y si no, sólo hay que recordar los famosos "chistes de mariquitas" de Arévalo (sí, ese ser que sigue paseándose por los teatros de España de la mano de otro tipo igual de gracioso, que se empeña en demostrar su hombría no sea que alguien vaya a dudar de él, que para eso es Bertín el macho). O el famoso sketch de Martes y Trece en el que nos reíamos (sí, yo no voy a negar pasados pecados) de cómo una mujer se quejaba de que su marido le pegaba. O el famoso "Soberano es cosa de hombres", slogan con el que invitaban a todos a demostrar que si eres un macho man español, tienes que beber cosas fuertes y emborracharte (y nada de bebidas refinadas, no vayas a ser un afrancesado), y que las mujeres te deben servir como si fueran un mueble más de la casa. Todo eso provocaban la risa, la carcajada y la hilaridad de millones de españoles, convirtiendo en gags el drama diario por el que tenían que pasar muchos, ya sea escondiéndose de la mirada pública, ya fuese aguantando lo que a diario se les venía encima. Hoy en día vemos estas actuaciones con estupor e incredulidad, la mayoría de las veces pensando si realmente la gente veía normal aquellas cosas en esa época y si realmente era así la vida. Pues sí, no solamente era normal y cotidiano ver estas actitudes, sino que además, para mucha gente, lo sigue siendo. Si no, no se entiende que aún Arévalo venda entradas mientras se queja de que en España ya no se pueden contar chistes de mariquitas, o que se sigan produciendo tantas desigualdades y discriminaciones hacia personas con discapacidad, mujeres, gays, o por ejemplo, personas en edad avanzada.
Pero igual que aquello me horroriza, me asombra cómo van de la mano las redes sociales y la indignación como respuesta a determinadas situaciones actuales, bien sea por los comentarios sobre unas declaraciones de tal, un anuncio de tal otro, o vaya usted a saber. Pongo dos ejemplos.
El primero, unas declaraciones del futbolista Iniesta, en las que un árbitro gay nos cuenta que "Iniesta me dijo que es normal que los jugadores no salgan del armario. 'Mira lo que te ha pasado a ti, imagínate lo que nos pasaría a nosotros'". Vale, pero ¿nos indigna que eso pase? ¿Acaso el que un jugador manifieste ese problema del fútbol lo hace más problema? Creo que simplemente se ha hablado sobre un tabú y la realidad, ni habla a favor de discriminar ni en contra, simplemente cuenta lo que existe. El problema real es esa presión que sufren, no unas declaraciones en este sentido, no entiendo que se le recrimine al futbolista por estas manifestaciones.
El segundo, el anuncio de Chicfy, una tienda de ropa online de segunda mano. Se le tacha de machista y de más porque en él una chica aparece bailando twerking y en un momento determinado la cámara hace un primer plano de su trasero en movimiento. Lo cierto es que ese primer plano sobra y es un poco sin sentido, si bien el anuncio en general no me parece nada diferente de lo que veo los fines de semana si sales de bares, creo que es un reflejo del comportamiento de muchas chicas cuando salen de fiesta. Me parece que lo censurable aquí no es el anuncio (que se retocó en televisión para quitar ese primer plano), sino el hecho de que el twerking es un baile hasta cierto punto degradante para la mujer. Es lo de siempre, la parte por el todo.
En mi opinión, hay que tener sentido común para todo, incluso para aceptar que independientemente de que nos guste un anuncio o una situación o no, hay cosas que no son censurables por el mero hecho de existir. Y que me preocupan mucho más determinadas mentalidades en las que estamos retrocediendo con el paso de los años.