Nada, la frasecita simplemente me recuerda a cuando era chico, una de las coñas que tenía con una de mis hermanas. Y es que llevo tiempo queriendo actualizar un poco mi blog, pero como me pasa siempre, hay veces que lo cojo con muchas ganas y quiero escribir y escribir, y otras veces que o bien no tengo ideas o bien no tengo tiempo. Y últimamente he tenido un poco de cada.
Me pongo en situación: mes de noviembre, empezamos a acelerar los ensayos para la obra de teatro que se estrenaba el 3 de diciembre dentro del festival de teatro. Poco a poco las tardes propias se van haciendo más cortas para ir dando paso a ensayos un poquito más largos e intensos. Al mismo tiempo, empezamos a ensayar un poquito más y nuevas canciones para la escuela de música, que el 17 y 20 de diciembre tenemos actuaciones de Navidad. Total, que cada vez menos tiempo por casa, y ya los últimos días faltando a un ensayo para poder ir a otro, escapándome de uno para bajar (o subir) una planta y entrar al otro, en fin, un sin Dios.
Poco a poco, las tardes se convirtieron en salir del trabajo, correr para comer en media hora gracias a la ayuda de mi madre, y salir de casa para no volver hasta las 10 o más. Un día y otro. Y claro, el cansancio se va acumulando, y llega un momento en que lo único que uno desea es que llegue el día 24 para estar tranquilo, a pesar del ruido, de las compras, de lo que sea, todo era más tranquilo. Las tardes de repente se han convertido en tiempo en el que poder salir, comprar, preparar ropa, comida, ¡JUGAR AL ORDENADOR! Ni yo me lo creo.
Ahora, pasados los días de "descanso" de diciembre, retomo la actividad en enero, gracias a mis vacaciones laborales, para preparar clases, materias, inglés, portugués, piano y todo lo que uno ha mandado bien al rincón durante estos últimos días de ocio.
Hay días y semanas en las que nos dejamos superar por los problemas. No digo yo que siempre sean nimiedades que van a más por nuestras obsesiones y por dejarnos llevar en nuestros pensamientos. Pero la mayoría de las veces no son más que eso, pequeños problemas, decisiones a tomar, que se tornan más y más grandes a base de irle dando vueltas en nuestra cabeza.
A mi me pasa infinidad de veces. Simplemente, por poner un ejemplo, con tener que planificar una salida de viernes y que haya incompatibilidad de horarios, ya me pongo en guardia y empiezo a preocuparme más de la cuenta, en algo que es simplemente un cuadrar cuentas para diversión. Otras veces nos preocupamos por no encontrar la ropa adecuada, por organizar un evento, por una molestia sin más importancia que el que se acrecenta a base de preocuparnos de ella. Todo esto empieza a relativizarse cuando vienen problemas mayores, o cuando, sobre todo, sentimos de verdad lo que es una preocupación, cuando muere alguien tan querido que sentimos una piedra en el corazón, cuando pasan los meses sin encontrar trabajo y hay que hacer más que malabarismos para llegar a fin de mes, cuando una enfermedad grave entra en nuestra casa, cosas que realmente suponen preocupaciones y grandes dificultades difíciles de superar.
Es entonces cuando el resto de preocupaciones empiezan a relativizarse y vemos con la suficiente perspectiva como para darnos cuenta que nuestras preocupaciones diarias no tienen la mayor importancia que el ponerse manos a la obra para solucionarlas; porque no sólo son solucionables, sino muchas veces ni siquiera eran un problema. En comparación, uno se da cuenta de que no son nada. Es lo mismo que les pasa a la gente que no tiene aficiones ni vida propia, que cualquier cotilleo, una mirada, una palabra, son analizadas con tal detalle que empiezan a cobrar importancia. Supongo que todo es cuestión de perspectiva, de alejarse lo suficiente para darse cuenta de su dimensión.
Y todo esto viene a pensar de que a pesar de lo grandes que puedan parecernos nuestros problemas, a pesar de lo insalvables que puedan parecernos, la vida va a continuar, no merece la pena preocuparse de lo que no tiene importancia.
A veces, parece que la gente tiene la piel tan sensible como la de una mariposa. Me explico. No digo yo que haya que permitir la cantidad de burradas que se podían decir hace 10, 20 o 50 años, en las que podías reírte de personas con discapacidad, violencia doméstica, condiciones sexuales, y un largo etcétera de todo aquello que pudiera salirse de la norma. Y si no, sólo hay que recordar los famosos "chistes de mariquitas" de Arévalo (sí, ese ser que sigue paseándose por los teatros de España de la mano de otro tipo igual de gracioso, que se empeña en demostrar su hombría no sea que alguien vaya a dudar de él, que para eso es Bertín el macho). O el famoso sketch de Martes y Trece en el que nos reíamos (sí, yo no voy a negar pasados pecados) de cómo una mujer se quejaba de que su marido le pegaba. O el famoso "Soberano es cosa de hombres", slogan con el que invitaban a todos a demostrar que si eres un macho man español, tienes que beber cosas fuertes y emborracharte (y nada de bebidas refinadas, no vayas a ser un afrancesado), y que las mujeres te deben servir como si fueran un mueble más de la casa. Todo eso provocaban la risa, la carcajada y la hilaridad de millones de españoles, convirtiendo en gags el drama diario por el que tenían que pasar muchos, ya sea escondiéndose de la mirada pública, ya fuese aguantando lo que a diario se les venía encima. Hoy en día vemos estas actuaciones con estupor e incredulidad, la mayoría de las veces pensando si realmente la gente veía normal aquellas cosas en esa época y si realmente era así la vida. Pues sí, no solamente era normal y cotidiano ver estas actitudes, sino que además, para mucha gente, lo sigue siendo. Si no, no se entiende que aún Arévalo venda entradas mientras se queja de que en España ya no se pueden contar chistes de mariquitas, o que se sigan produciendo tantas desigualdades y discriminaciones hacia personas con discapacidad, mujeres, gays, o por ejemplo, personas en edad avanzada.
Pero igual que aquello me horroriza, me asombra cómo van de la mano las redes sociales y la indignación como respuesta a determinadas situaciones actuales, bien sea por los comentarios sobre unas declaraciones de tal, un anuncio de tal otro, o vaya usted a saber. Pongo dos ejemplos.
El primero, unas declaraciones del futbolista Iniesta, en las que un árbitro gay nos cuenta que "Iniesta me dijo que es normal que los jugadores no salgan del armario. 'Mira lo que te ha pasado a ti, imagínate lo que nos pasaría a nosotros'". Vale, pero ¿nos indigna que eso pase? ¿Acaso el que un jugador manifieste ese problema del fútbol lo hace más problema? Creo que simplemente se ha hablado sobre un tabú y la realidad, ni habla a favor de discriminar ni en contra, simplemente cuenta lo que existe. El problema real es esa presión que sufren, no unas declaraciones en este sentido, no entiendo que se le recrimine al futbolista por estas manifestaciones.
El segundo, el anuncio de Chicfy, una tienda de ropa online de segunda mano. Se le tacha de machista y de más porque en él una chica aparece bailando twerking y en un momento determinado la cámara hace un primer plano de su trasero en movimiento. Lo cierto es que ese primer plano sobra y es un poco sin sentido, si bien el anuncio en general no me parece nada diferente de lo que veo los fines de semana si sales de bares, creo que es un reflejo del comportamiento de muchas chicas cuando salen de fiesta. Me parece que lo censurable aquí no es el anuncio (que se retocó en televisión para quitar ese primer plano), sino el hecho de que el twerking es un baile hasta cierto punto degradante para la mujer. Es lo de siempre, la parte por el todo.
En mi opinión, hay que tener sentido común para todo, incluso para aceptar que independientemente de que nos guste un anuncio o una situación o no, hay cosas que no son censurables por el mero hecho de existir. Y que me preocupan mucho más determinadas mentalidades en las que estamos retrocediendo con el paso de los años.
Hay muchos días que el cuerpo te pide una pausa, sólo que unas veces es una pausa corta como de un cigarrillo (no fumo pero me viene bien despejar la cabeza y que me dé el aire), otros días apetece una pausa de un mes de vacaciones, y hay otros como hoy que lo que me apetece es un año sabático. Pero años de estos de no ver a nadie, de aislarme del mundo hasta haberme encontrado a mí mismo.
No es que me encuentre mal, simplemente es que llevo unos días que no me apetece ver a nadie, me apetece estar en soledad, en silencio conmigo mismo. Meterme en mi habitación a hacer mis tareas, jugar al ordenador en silencio, simplemente dejar que el tiempo transcurra por mis venas, me traspase y me tranquilice. Que el tiempo me acune y me reconforte.
Puede que todo esto no sea más que una consecuencia de los días mortecinos que están pasando, o del hartazgo de tener que tratar diariamente con personas, que poco o nada me interesan sus conversaciones y sus problemas. Ahora me interesa centrarme en los míos, centrarme en mí. Y no, no estoy deprimido, simplemente necesitaría un año para dedicármelo a mirar en mi interior y volver a ser aquel que era, con sus intereses, su cabeza en su sitio y su felicidad innata.
Todos vivimos aislados en una burbuja. Inevitablemente, debemos aislarnos del resto del mundo para tener una intimidad personal, queramos o no, es inevitable. Lo que nos hace diferentes es la capacidad que tenemos de elegir esa burbuja y su tamaño, lo transpirable y penetrable que es, y la capacidad para salirnos de ella.
No hablo de "la burbuja" como ese espacio vital que necesitamos para movernos, y que normalmente se refiere al espacio de cortesía que hay que dejar entre una persona y otra para no invadir su espacio personal (que es tan grande o tan pequeño como la aglomeración donde estemos y la empatía del prójimo). Hablo de la burbuja mental y de conciencia.
Pienso muchas veces que nadie tiene la capacidad para ser consciente de todo lo que le rodea, porque eso requeriría una cantidad de energía y de capacidad mental para la que no estamos preparados. El cerebro, por mera eficiencia, está diseñado para conseguir el máximo con la mínima cantidad de energía posible, y por eso hace que muchas veces ni siquiera percibamos cosas comunes, repetitivas, o irrelevantes para nuestro funcionamiento. Y esa eficiencia hace que hechos que pasan a nuestro alrededor pasen desapercibidos, bien porque estamos acostumbrados, bien porque no nos resulten relevantes en nuestra "supervivencia". Nuestro cerebro nos pide tener esa burbuja para poder funcionar correctamente.
Es por todo esto por lo que nos volvemos inmunes a un mendigo, a los refugiados de guerra, a las hambrunas en países devastados por la climatología, a los niños explotados, a los ancianos en soledad, a las familias desahuciadas, a las familias en paro, y un largo etcétera. Son situaciones dolorosas, que sólo nos remueven la conciencia cuando una televisión se hace eco de ellas y les da publicidad, para a la semana siguiente pasar desapercibidas y dejar de existir, tanto en las noticias como en nuestra conciencia.
Pues a día de hoy seguimos con Gobierno en funciones. Parecía que con la revolución interna del PSOE el camino iba a ser fácil, evitábamos las terceras elecciones y todo acabado y cerrado durante "se supone" cuatro años más.
Supongo que internamente se estarán manteniendo contacto, haciendo gestiones que no se revelarán hasta el último momento, y finalmente se convocará una sesión del Congreso para volver a votar. No obstante, a raíz de las últimas encuestas que daban una importante subida de escaños al PP, ¿quién sabe los planes que se hacen unos y otros para sí mismos?
En cualquier caso, me la trae al pairo, tanto me da lo que hagan o dejen de hacer, porque llegado un punto, uno lo que se da cuenta es de que el país sigue funcionando "a pesar del Gobierno". Y si soy sincero, ese lado hijoputa que todos tenemos, me pide fiesta, y me parecería divertido ver unas elecciones el día de Navidad, incluso aunque me tocara en una mesa electoral. Nadie me privaría de tener una barrita de turrón o dos escondida debajo de la urna, para ir cogiendo trocito a trocito y bebiendo de mi petaquita un chupito de anisete para que vaya bajando. Al fin y al cabo, ¿dónde dice que uno no puede divertirse en una mesa electoral? ¡Es la fiesta de la democracia!
Pasa muchas veces que tendemos a no valorar determinadas cosas que si lo pensáramos fríamente serían las que más valor tendrían. Eso pasa por ejemplo con la familia, los amigos, la salud, el bienestar en general, disfrutar del sol, de una brisa ligera en el rostro, de la paz, de la seguridad. Hay muchas cosas que damos por seguras porque siempre las tenemos ahí. Son esas cosas que no parecen tener un hueco en el día a día, no nos preocupan, porque damos por hecho que van a continuar en el tiempo. Y sólo somos conscientes de ellas en el momento en que las perdemos.
Es en ese instante cuando de repente acuden mil sensaciones a nuestra mente, y pensamos en todo lo que podíamos haber disfrutado de ellas y no lo hemos hecho. Esos paseos con temperatura primaveral que no hemos dado porque nos apetecía más estar sentados viendo la tele. Esos ratos de charla con los padres porque preferíamos encerrarnos a jugar al ordenador. Esas tardes con amigos que hemos pospuesto por qué se yo. Y sólo cuando pensamos lo que no hemos hecho, le damos el valor real que tienen. Y ponemos en una balanza todo lo que nos ocupa el tiempo, y nos damos cuenta de lo tonto que fuimos por dedicarlos a cosas inútiles. Muchas veces hemos echado el rato muerto leyendo Twitter, viendo vídeos de Facebook, viendo un programa de la tele que no nos interesa, buscando información de esa cosa que jamás vamos a llevar a cabo, y mil prioridades que no tendrían prioridad alguna si observáramos el todo y no la parte.
Esas cosas que no apreciamos, intangibles pero que siempre están con nosotros, esas son las que más valen.
A veces da uno en pensar que no tiene tiempo libre, que apenas da de sí el día para todas aquellas cosas que uno quiere hacer: atender la casa, preparar la comida, estudiar idiomas, pasar tiempo con la familia, estar al día en series y películas, leer un libro, echar ratitos de café con amigos, y una larga lista según la persona. Y así se nos ve estresados, agobiados por no poder abarcar todo, no tener tiempo para nosotros, para salir a dar un paseo o hacer un poco de ejercicio, tumbarnos en el sofá escuchando música y relajarnos, no disfrutar lo suficiente de la vida, de los amigos, de la familia.
Muchas veces me he parado a reflexionar cómo hacer una mejor gestión del tiempo, para al cabo darse cuenta de que por más encajes que haga, por más que lo intente, siempre algo tiene que quedar atrás. Aveces, ese atrás llega a ser incluso el sueño y el descanso, lo que repercute posteriormente en un malestar y tener que parar en algún momento. Y es que si algo me ha quedado claro, es que a mi no me falta tiempo libre, me sobra el trabajo. El sueldo no, vale, lo reconozco. Pero sí las horas echadas en la oficina, muchas veces meras horas presentistas en las que simplemente permanezco para cumplir el tiempo porque las tareas ya están terminadas. Esas horas se podrían dedicar... no sé, por ejemplo a hacer deporte, o a hacer yoga. Algo productivo, vaya.
Y no me refiero a los líos como sinónimo de problemas, sino que me gusta liarme en mi vida, en general. Y es que no hay actividad en la que diga "creo que paso". Se presenta una oportunidad y en seguida estoy pensando en cómo podría encajarla en mi vida, ya sea el coleccionar algo o, como en este caso, el realizar una actividad más. Como si ya tuviera poco con lo que tengo (que no sé de dónde voy a sacar el tiempo), ahora estoy planteándome si empezar a estudiar clarinete.
Vale, es un poco extraño, lo sé. De hecho, hasta hace no mucho no me había planteado añadir más instrumentos musicales a mi currículum, pero sí que me apetecería estudiar cello, porque me parece un sonido precioso, tan suave, tan cautivador, que es imposible negarse a sus encantos. Pero en vista de que no hay posibilidades de estudiarlo aquí, y de momento es imposible desplazarme para recibir clases fuera, no tengo si no que renunciar temporalmente a disfrutar y sufrir con el cello. Y en vista de que este año mi escuela de música amplía su oferta, el clarinete no me parece una mala opción. Sin duda, mucho mejor para mi que una trompeta o un saxo, y eligiendo entre flauta y clarinete... creo que la opción es clara, la flauta me produciría dolores de cabeza con los agudos y no me veo tocando de medio lado (con perdón por mi desconocimiento, pero la postura me parece harto incómoda).
Así estoy ahora, debatiéndome en si tirarme a la piscina y liarme más, o hacer caso a mi cabeza y a la cordura y renunciar a esta oportunidad. ¿Quién dijo miedo?